‘Almería en corto’ arrancó de la manera más
hollywoodiense que nadie pudiera esperar. Al más puro estilo McCarthy, la
diputada de Cultura gritó ¡Acción! a golpe de claqueta, en aquel año 2002.
Inició una severa ‘caza de brujas’. Eran las cinco de la tarde del jueves 7 de
marzo cuando Ana Toro Perea presidió la sala de reuniones del Palacio
Provincial. “¿Quién ha sido? ¡Tarde o temprano sabremos quién ha traicionado el
secreto profesional de esta Área!”. La docena de técnicos provinciales que bordeaban
la alargada mesa atendían incrédulos a las acusaciones lanzadas en aquel
interrogatorio. A quién o quién debía delatarse. El origen de la desconfianza
estaba en la prensa del día; el autor, Miguel Ángel Blanco Martín.
El periodista había reventado la rueda de prensa
prevista para el miércoles de la semana siguiente. Con todo lujo de detalles,
desplegaba a lo largo de las cuatro columnas de la página cincuenta y uno del
rotativo Ideal la programación del novel Festival, del que aún no había
trascendido ni su nueva denominación. La primera mirada sobre los posibles
filtradores de la noticia se había posado esa mañana en la localidad almeriense
de Fiñana. En la Sierra de los Filabres estábamos desayunando delante del
periódico, con el mismo estupor, el técnico de Artes Audiovisuales de la
Diputación, Ignacio Manuel Fernández Mañas, y yo. Apenas habíamos dado cuenta
del primer bocado cuando me llamó el jefe de negociado de Animación Cultural,
Ramón Aparicio: “La diputada os quiere ver de inmediato. No puedo creer que
hayáis sido capaces de hacer esto”. Comenzaba así la lista negra de candidatos
a la deslealtad institucional, sin mirar en el centro real de la atención:
existía un agujero organizativo preocupante que nadie había reparado en
observar.

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