Tras la experiencia de viajar al mayor festival
internacional de cortometrajes de Clermont Ferrand, en Francia, comprendimos que
había que salir a la caza y captura de periodistas especializados en cine.
¿Dónde? En festivales como el de Animación de Pozuelo de Alarcón ‘Animadrid’,
el Internacional de Documentales de Madrid ‘Documentamadrid’, ‘Alcine’ de
Alcalá de Henares, el de Medina del Campo o de Elche. Era mejor estrategia que
estar semanas enteras enganchados al teléfono, esperando a que una condescendiente
telefonista te pasara con un redactor de peso; o que los correos electrónicos
se perdieran en el infinito de cibernético. Por eso nos hicimos asiduos al
Festival de Cine Español de Málaga. Hasta cuatro miembros del equipo de
comunicación llegamos a estar acreditados un año; aquel en el que se me pinchó
una rueda de la silla, en domingo, con los talleres cerrados y sin parches para
arreglarla. Y Antonia Sánchez Villanueva y Marta Soler buscando una caritativa
estación de servicio que no me dejara postrado en la habitación el resto del
día, donde Míriam Buil me hacía compañía fumando a escondidas. “Aunque sirvió
de poco, porque al irnos nos llamaron de Recepción para recriminarnos la
tropelía. Con lo desanimados que estábamos en ese momento, cuando, aun habiendo
arreglado el pinchazo, nos había caído una tromba de agua y estábamos empapados
persiguiendo periodistas”. De nuevo la lluvia. Sí, acosando periodistas después
de cada rueda de prensa en la que se presentaban películas a concurso. Por eso
íbamos tantos. Eran huidizos; se escurrían por la antigualla del Teatro
Cervantes malagueño para asistir a algún pase de prensa. Gracias a aquel
gentleman jefe de sala, tan gentil y solícito, pudimos compilar decenas de
contactos (hasta medio centenar en 2006), incluido el de la extremadamente
resbaladiza Conchita Casanovas, de RNE.

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